Aleksandar Hemon

Poesía bosnia


Aterrizaje     




El sol había ya desaparecido bajo 
el horizonte, el cielo era una brasa agonizante. 
Yo vivía en la ruta de los vuelos, 
de modo que hora tras hora los aviones aullaban 
por encima, sus vientres emergían 
de las nubes bajas, las puntas de las alas parpadeando 
en una anticipación vertiginosa del arribo a casa 
Cada uno lleno de gente esperada, 
así yo suponía. Creía que ningún avión 
daría vuelta hacia atrás 
no importa de dónde viniera. 
Una vez que estuvieran aquí, no irían a ninguna otra parte. 
Como yo no tenía entonces ni sillas ni muebles,
mi madre y yo nos arrodillamos ante la ventana,
como si fuera un altar y observamos cómo el cielo
se volvía lentamente de color carbón, luego negro.
Aviones venidos de lejos sobrevolaban brillantes
aun antes de descender al aeropuerto de O´Hare.
Parecen un enjambre de luciérnagas,
dijo ella. No podíamos apartar la vista.
 Ninguno de los dos se atrevía a levantarse
y encender la luz en mi pequeña vivienda,
porque sabíamos que moverse esfumaría
todo lo que era presente en aquel momento
 en nosotros, aun si los ávidos aviones
siguieran viniendo y descendieran. Nunca he visto
algo así, dijo mi madre.
Tenía cincuenta y seis años, como yo ahora, cuando
aterrizó en Canadá. Un par de valijas,
ninguna palabra en inglés, toda su vida dejada atrás.
Gozaba del estado de inmigrante legal.
Pasaron varios meses hasta que pudo
hacer el viaje, veinticuatro horas en ómnibus, cruzar
tierras extrañas, para visitarme en Chicago,
donde yo vivía en una casa llena de nada,
excepto una ventana que miraba al cielo
plagado de luciérnagas que nunca aterrizan.



Landing




The sun had already vanished below
the horizon, the sky was dying ember.
Where I lived was in the landing path,
so that hour after hour planes howled
above, their underbellies emerging
from the low clouds, wingtips blinking
in frantic anticipation of arriving home.
Each was full of people who were waited
for, I assumed. I believed no plane ever
turned around and went back home,
to wherever they might be coming from.
Once they were here, they were nowhere
else. As I had no chairs or furniture then,
my mother and I knelt at the window,
as if at an altar, and watched the sky
go slowly charcoal smudged, then black.
Distant airplanes twinkled and hovered
still before descending on O’Hare.
They look like a swarm of fireflies,
she said. We could not tear our gaze
away. Neither of us dared to stand up
and turn on the light in my tiny place,
because we knew moving would vanish
everything present in that moment
between us, even if the eager planes
kept coming and descending. I have never
seen anything like this, my mother said.
She was fifty-­six, as I am now, when she
landed in Canada. A couple of suitcases,
not a word of English, all her life behind.
She had the status of landed immigrant.
It was some months before she could take
the twenty-­hour bus ride crossing
foreign lands to visit me in Chicago,
where I lived in a place full of nothing,
except a window looking at the sky
swarming with never-­landing fireflies.



AlLEKSANDAR HEMON (1964, Sarajevo, Bosnia y Herzegovina.  Reside en EEUU y escribe en inglés)
Traducción: Adam Gai

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