Alejandra Boero, poemas inéditos

Alejandra Boero


DESARMADERO  (tal vez un libro en proceso)    


El catalogador enamorado    


 
(En 2017 en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Mariano Moreno, Juan Carlos Sánchez Sottosanto descubre el fragmento de un poema amoroso)  


 
Es de mañana en la Sala del Tesoro de mi Biblioteca. 
Es también un juego de esta historia que se niega al anonimato. 
O es quizás la botella al mar que interrumpe mi naufragio. 
Un fragmento escrito en el siglo XV tensa el rigor de mis inventarios. 
Siento en mis manos el espesor de las nervaduras de estas cinco hojas de palma. 
Si pudiera entrar al Reino de Kotte. Pero Ceilán ya no es Ceilán. 
No fui el escriba. No fui su amada. Nada sé de su lengua. 
Sin embargo me escriben. Y yo enmudezco. 
Nunca sabré cómo el pasado nos espera y llega. 
Hoy soy el albacea de una pasión todavía intraducible.

 




Los gatos me asustaron muchos años
como la rueda gigante y las montañas rusas de los parques.
La niñez con mascotas y juegos
fue una casa cercada con hierros.
Forja de Vulcano. Palacio de Minos.
¿Cómo se habita un volcán en erupción permanente?
¿Cómo se desafía a Teseo?
¿Cómo se desalienta a Ariadna?
Tal vez rodeando con historias la indefensión.
¿Cómo sobrevivir Minotauro?
¿Cómo rescatar, hoy, el ronroneo y el vértigo?
 
 




Piso la línea
divisoria
y acerco, con mi pie,
ese vacío
que aparece infranqueable.
 


 
 

La barca fondea en la bahía.
Suelto los remos.
Ve cómo se mece la tierra.
Cómo el cuerpo aquieta las aguas.
 




 
El estornino
           interceptó
mi mirada.
Juntos supimos
que una tormenta,
rápida y liviana,
filtraba
el aire.



 

 
Hay un nudo
que interrumpe
la palabra
que puede cambiar
todas las coordenadas.
Esa venda en la herida
que impide
la cicatriz.
 
 
 

Ícaro volando 


                                                               A Alejandro Michel

 
¡Qué peso el de la ingravidez! Sucede que, por un momento -no importa cómo lo midamos-, quedamos suspendidos. Lo que sorprende, un poco después -no importa cuándo suceda, ¡pero sucede!- es que la altura quema. Caemos.
 
Arriba la presión corrompe las coordenadas -las que no fueron previstas, las que enfocan la mirada: huellas en desorden - que permite el resplandor fugaz..
 
Los ojos van cayendo. El cuerpo se relaja y deja que las pupilas se contraigan y dilaten la revelación:
Que los párpados amortigüen la pendiente. Que las pestañas filtren el tránsito.
Que el rostro se haga cargo.
 
Una sonrisa se precipita: la desobediencia.
 
Se derrite la cera. La sombra del padre se aleja. Ícaro ya no es Ícaro.
 
Se liberan tus alas. ¡Ícaro! ¡Vuelas!
 
Hay ruidos profundos. Crujen los cartílagos. Los músculos duelen. Hay extensiones de arterias que se abren. Y se desangran.
 
En el centro un abismo se prolonga. Y salta. Y juega. Y nos destruye. Se abren los sentidos. Un soplo. Un respiro.
 
Llegamos. (Llegamos).
 

 

Desarmadero

 


I

 
La bienvenida no fue auspiciosa.
Rostros marcados por la decepción
mecieron una cuna equivocada.
¿Hubo o no, resignación?
El  hierro es maleable, pensaron.
¿Hay herraduras para marcar la suerte?.
Desestimaron los cálculos y el error.  
Omitieron la química.
Olvidaron la dureza del aliento,
el magnetismo de los sueños,
los tintes del óxido,
las huellas de un cuerpo.
 


ALEJANDRA BOERO (Rafaela, Santa Fe, Argentina)

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